Pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer (...)
del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas,
como haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta
para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen
de este lado y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos.
Entonces, es mejor pactar con los gatos y los musgos, trabar amistad inmediata con las porteras de roncas voces, con las criaturas pálidas y sufrientes que acechan en las ventanas jugando con una rama seca. Ardiendo así, sin tregua, soportando la quemadura central que avanza como la madurez paulatina en el fruto, ser el pulso de una hoguera en esta maraña de piedra interminable, caminar por las noches de nuestras vidas con la obediencia de la sangre en su circuito ciego.
[ J. C, Papeles inesperados - París, Ultimo primer encuentro ]
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